La vida es una sucesión de acciones imprevisibles y aunque a veces uno se empeñe en controlar y planear el futuro, en manejarlo a su antojo, lo inesperado surge y se impone por encima de todo, sin consultar, sin previo aviso. Las sopresas aparecen, las buenas y las malas, y no importa que no se esté preparado para ellas, tampoco que no se deseen, las sorpresas aparecen de repente, por arte de magia y uno tiene que aprender a digerir y a mediar con ellas y también con las consecuencias que éstas conllevan.
En los últimos días han sucedido muchas cosas, en poco tiempo mi vida ha dado un giro de 360º en muchos aspectos... todo ha cambiado, ha cambiado el escenario, el ambiente y las condiciones, ha cambiado el idioma e incluso el continente.
Después de la sorpresa desagradable del robo de mi equipaje, llegué a Dehli para llevar acabo otra gran sorpresa, ésta grata y agradable, algo que llevaba planeando hacía unas cuantas semanas, volar desde la India a Barcelona y pasar allí unos días.
Emocionada, impaciente e ilusionada, soñaba con aparecer allí de repente, sin previo aviso, volver a mi ciudad, a mi casa, y sorprenderos a todos con mi llegada. Había imaginado cuándo y cómo sobresaltaros a cada uno de vosotros, deseaba dejaros estupefactos, conmocionarnos juntos y disfrutar del reencuentro. Se trataba de una visita fugaz, un alto en el camino, un paréntesis momentáneo en el transcurso de mi viaje, unas pequeñas vacaciones dentro de las largas vacaciones de todo este tiempo.
Eran demasiados planes, demasiada premeditación, demasiadas ideas y fantasías en mi cabeza, pero una vez más la planificación falló y hubo que adaptarse a nuevas situaciones.
A veces los propósitos se desvanecen rápido y repentinamente a manos del destino inminente que toma su propio camino, sin importar la ilusión y las ganas depositadas, sin tener en cuenta el empeño, la voluntad y las propias pretensiones.
Llegué a Barcelona con una enorme sonrisa en el rostro, ligera de equipaje, envuelta en dos mantas de air france, paseando con sandalias y ropa de verano, las únicas vestimentas que no me habían robado. Pero aún así estaba feliz, miraba alrededor y me maravillaba de que todo fuese familiar... el tren de cercanías, el metro y su aglomeración, las interminables obras de la plaza Glòries, el ancho paseo por la Diagonal hasta mi casa... y mi casa... mi portal de fea baldosa de granito, mi mini ascensor, mi parquet luminoso de madera, mi sofá con sus telas y cojines, mis cuadros, mis adornos, mi ducha termostática, mi wc con media carga y carga completa, mis cestas de mimbre con productos de higiene personal, mi escritorio debajo de la ventana del estudio, mi portátil, mi terracita-jardín del edén, mis plantas, mi escuálido limonero, mi habitación blanca, muy blanca... y mi cama... mi cama con sábanas limpias y suaves y mi colchón de latex...
Qué emocionante resultaba estar allí, otra vez, como si el tiempo se hubiese detenido, como si nada hubiese cambiado, como si en realidad hubiese estado fuera sólo el fin de semana. Seis meses de viaje pero mi sensación en aquel espacio, en mi habitación, en mi casa, en mi calle, en mi barrio, en mi ciudad, en mi país... era la misma de siempre. Un sentimiento de alegría y extrañeza, normalidad y desconcierto se apoderó de mi.
En pocas horas había pasado de la realidad asiática de la India, a la existencia occidental de Barcelona. Sólo unas pocas horas separaban el abismo.
Los aviones llevan consigo una cierta connotación de irrealidad, de engaño, de espejismo. En poco tiempo consiguen trasladarte al otro lado del mundo, a realidades con circunstancias y naturalezas contrarias y opuestas. Y aunque realmente el cuerpo físico de los pasajeros se transporte, dudo que también se consiga desplazar con ello, simultánea y sincrónicamente, los pensamientos, las emociones, los recuerdos de éstos. Se produce una especie de desgarro entre cuerpo y alma. Me figuro que esa parte de nosotros invisible queda atrapada en el lugar de origen, objeto del viaje; es allí donde permanece porque no puede viajar nunca tan deprisa, no es capaz de alcanzar esa inmediatez e inminencia, esa rauda velocidad con la que se mueve el avión.
Uno siempre vuelve incompleto a casa, deja o pierde "algo" allá donde va, porque en aquel lugar se queda una parte de uno mismo, que vuelve a otra velocidad, más lenta, que regresa poco a poco, ese "algo" que torna despacio se torna reflexión, se convierte en introspección y recuerdo... en ocasiones, ese "algo" que permanece allá tan lejos, no llega a regresar jamás. Hay algo de cada uno de nosotros que aún vive en los lugares que hemos visitado.
Y así, envuelta en un conflicto de velocidades y confusión llegué a Barcelona, y allí recibí otra sorpresa, un sobresalto penoso y desagradable ya que mi madre repentinamente había enfermado y se encontraba ingresada en un hospital de Buenos Aires. Las noticias por parte de mi padre, de familiares y amigos de la familia se sucedían con rapidez y expresaban una gravedad que me pilló de imprevisto, que me desconcertó, ya que en ese momento yo vivía entre la emoción y la alegría de volver a mi casa y después entre el miedo y la angustia por la situación de mi madre.
La decisión fue apresurada, en menos de 48 horas volví a abandonar Barcelona para viajar con mi hermano hasta Buenos Aires y así, con nuestra presencia, ayudar a mi padre y su desamparo. Pretendíamos llevar hasta Argentina la fuerza y energía que no podíamos transmitir a distancia y que mi madre necesitaba para salir de su mal.
El cuerpo está compuesto de una materialidad milagrosamente organizada, un mecanismo admirablemente perfecto. La naturaleza vive en equilibrio y harmonía y dentro de esa unidad pura existe una proporción determinada. Una relación que combina lo bueno y lo malo, la salud y la enfermedad, la alegría y la tristeza, una especie de justicia natural que debemos aceptar y con la que debemos coexistir. Uno de nuestros propósitos como seres conscientes es conciliar también el sufrimiento en nuestras vidas, las adversidades, los infortunios.
Afortunadamente mi madre ya está bien y todo se ha quedado en un susto. El mejor síntoma de su mejoría es que ha vuelto a recuperar la energía y vitalidad que la caracterizan, gobernando y tomando de nuevo el mando de la casa...vuelve a ser ella. Y entre nosotras vuelven a surgir las clásicas riñas y diferencias. Pero incluso éstas me resultan graciosas y simpáticas, ya que en el fondo me recuerdan que mi madre ha vuelto de verdad, que todo sigue deliciosamente igual, y que ninguna de las dos hemos perdido nuestro carácter y nuestro brío. Y de ella aprendo una vez más, de su coraje y fortaleza, de su capacidad y resistencia. Y quien crea que soy valiente al realizar este largo viaje, que sepa de dónde viene ese valor, que sepa que todo es producto de la herencia.
Y ahora que la situación ya está normalizada, me encuentro aquí en Buenos Aires, al otro lado del mundo, lejos de India, lejos de Barcelona, en una ciudad increíble que cada día me fascina más, comiendo enormes pedazos de carne, bebiendo malbec argentino y durmiendo en una amplia cama con colchón de 20 cm, disfrutando de los placeres sencillos, que después de mi reciente trayectoria son como grandes lujos. Saboreando este nuevo estado de bienestar y comodidad. Y es que lo principal es adaptarse... la vida es cambiante, en el momento en que menos te lo esperas la realidad, tu realidad, a la que te aferras y en la que te sientes seguro, puede desmoronarse... todo cambia y se transforma, así que gocemos del presente, tal y como es en cada instante, sin desear que sea mejor, sin pretender que lo bueno perdure, simplemente disfrutemos de la realidad tal cual es.
Después de todo, de las sorpresas dulces y de las amargas, lo que cuenta es que sigamos sonriendo, frente a lo bueno y frente a lo malo, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte nos separe. Porque aunque suene a sermón de misa, la vida sigue siendo maravillosa.
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