"Y había algo hogareño en el desorden, en la despreocupación de la vida errante. Tal vez vivieron igual las tribus nómadas que vagaban de un sitio a otro en un peregrinaje sin destino... Al parecer, bajo la costra de suciedad que la memoria forma, los seres humanos conservan el recuerdo de la antigua vida nómada".


"la mujer justa", Sándor Márai

31 de marzo de 2010

el eterno viento en Essaouira...

El viento define a Essaouira, la desdibuja y la dibuja cada día, la descompone y la reconstruye, la azota y la acaricia, vive inmerso en una historia de pasión y dependencia con ella, la ama y la odia, y víctima de la contradicción, por más que lo desee, le es imposible abandonarla.
El viento aquí tiene personalidad propia, sin cuerpo, sin alma, sin forma, una identidad invisible y misteriosa que se mueve con absoluta libertad e independencia, no está acostumbrado a las reglas, a los condicionantes, no atiende a pautas ni horarios, se trata de un individuo esquivo, huraño, hermético, viene y se va, sin dar explicaciones, sin saludos ni despedidas. Así es como le gusta moverse, egocéntrico e insociable, provocando el desconcierto y asombro por allá dónde pasa, impregnando de rareza y extravagancia los espacios por los que se desliza.

En ocasiones, el viento es amable y sopla suavemente… es cuando los sentidos se activan y se estimulan de una manera especial. Los colores, los olores, los sonidos se agitan alborotados en una danza invisible, la alegría entonces inunda las callejuelas de Essaouira.
Los colores que provienen de infinidad de rincones se despiertan y se sacuden el polvo para brillar con más intensidad. En una esquina destacan los vivos tonos de las madejas de lana que cuelgan de las paredes, unos metros más allá se ven a los hiladores, que trenzan a mano los hilos de seda finos y delicados mientras uno se deja hipnotizar, viendo cómo trazan sutiles líneas a lo largo de las calles. Los colores de las ropas también se zarandean a su paso, los de las chilabas andantes y los de las chilabas en reposo que permanecen tranquilas en los tejados, esperando ser vestidas y lucidas.
Los olores se hacen más agudos y se mezclan entre sí. El aroma de las montañas de panes que se consumen diariamente, de las especias, de las verduras, de los animales vivos que claman su libertad, de los animales muertos que cuelgan a la intemperie y del omnipresente pescado. En ocasiones el olor proviene del pescado fresco, recién llegado del puerto, otras el hedor es de pescado en proceso de secado y otras inevitablemente es la peste de los fluidos y restos de un pescado que se pudre olvidado en el suelo de las calles. El viento remueve también olores que reclaman su protagonismo, que no se conforman con un segundo plano, son aquellos que emanan de las profundidades del pueblo, de las aguas residuales que brotan como manantiales en las calles, de las basuras, restos y recuerdos desechados de la vida de la medina. El viento zarandea los olores, los mueve y los hace viajar de un lado a otro y así pierden su punto inicial, su origen, su procedencia, se unen en uno sólo como una masa inmaterial homogénea que se filtra por los poros de Essaouira.
El viento guía y acompaña el sonido de los cánticos que emergen de las mezquitas. Éstos vuelan por el aire cinco veces al día y llegan hasta los oídos de creyentes y no creyentes, de devotos y escépticos, de musulmanes y turistas. Palabras sagradas que estimulan a algunos a rezar y que a otros sirven de regulador del tiempo.

En ocasiones el viento se enfada y sopla fuertemente… es cuando los grandes elementos se estremecen y se desplazan con rapidez y el escenario cambia progresivamente y Essaouira parece temblar de miedo. El viento parece estar enemistado con el sol, utiliza a las nubes para luchar contra él, haciéndolas mover rápidamente, tapando su luz y su calor. El sol, que tiene una personalidad más afable, se conforma con aparecer tímidamente entre los huecos que dejan las nubes a su paso, se asoma y se esconde entrecortadamente pero aprovecha para deslumbrar con radiante luz, como si quisiera ganar el tiempo perdido. La medina densa y encerrada en sí misma se convierte así en un laberinto de sol y sombra, como una melodía intermitente, como un compás desacompasado, alternando las negras, alternando las blancas, con miles de pequeños espacios oscuros, con otros tantos claros, con frío, con calor, alternadamente, sucesivamente. El viento también se intenta infiltrar por los estrechos callejones para asustar a los niños que juegan. No le resulta tarea fácil, ya que encuentra multitud de obstáculos en el entresijo de calles, muros y casas de la medina, las cuales intentan poner resistencia a su movimiento. A veces logra colarse por algún callejón, por algún paso estrecho y entonces una ráfaga de viento azota el lugar y se desencadena la lucha entre el hombre y el viento, una pelea dura e intensa, en la que cada movimiento se vuelve difícil y fatigoso. Algunas personas se resguardan de él en sus oscuras y enclaustradas casas, aquellos refugios blindados que sólo miran hacia dentro, nunca hacia fuera. Casi no tienen ventanas ni conexión con el exterior, la vida está dirigida únicamente a los suyos, a aquellos que la habitan, quizás sea una forma de sentirse a salvo, de vivir en paz, girando la espalda al resto del mundo y con él al furioso viento.

Llegué a Essaouira llena de dudas, de incógnitas, de preguntas, con una pesada carga en la mochila. El viento no ha soplado suficientemente fuerte como para disipar todas esas dudas, pero se ha llevado consigo la pesadumbre interior, la preocupación y la inquietud asociadas a ellas. Llegué aquí sintiéndome pérdida, superada por el contraste entre oriente y occidente, desencajada después de la intensidad de India, sin saber cuál sería mi próximo paso, viviendo más en el recuerdo del pasado y en la incertidumbre del futuro, que en la realidad del presente. Han pasado los días y con ellos muchos vendavales y sigo sintiéndome un tanto perdida, pero el viento ha traído consigo una sensación de paz y tranquilidad profunda. Cada uno de sus soplidos me hace sentir viva, presente, consciente. Su silbido constante me ha hecho redescubrir la belleza del ahora, de la temporalidad, del movimiento, la grandeza de percibir y disfrutar sin aferrarse al recuerdo, sin angustiarse por lo venidero. El viento me empuja, me dejo llevar por su fuerza, me conduce hacia algo que ignoro pero no me importa porque así es el viento, misterioso e incomprensible, cautivador y apasionante.

El viento nos mueve y nos dirige por un camino de cambios, de transformaciones, de evolución… oponerse a él es oponerse a la vida misma.

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