Todos los que leéis estas palabras, incluida yo misma, vivimos en un mundo de porcelana, blanco, liso, esmaltado, y muy reluciente. Por mucho que nos quejemos, llevamos una vida fácil, cómoda, libre, agradable, placentera, interesante, satisfactoria, confortable, ventajosa, divertida, activa… Aún así, a menudo nos sentimos tristes porque no estamos seguros de cuál es nuestro lugar en el mundo, y porque nuestra eterna insatisfacción ciega una visión más global de las cosas. Tenemos mucho pero no nos conformamos con nada. Somos egoístas y egocentristas pero a menudo no nos damos cuenta. Pero al margen de todo esto, y hablando desde una perspectiva personal, estoy cansada de mirarme a mi misma y a los que viven conmigo en este mundo de porcelana. Siento la necesidad de que mi mirada cambie de rumbo. Hay tantas historias que traspasan los límites- que sin existir, hemos creado nosotros mismos- de las cuales nada conocemos y nada nos importan. Pero no es necesario irse lejos para admirarlas, a Asia, a África, a mundos lejanos con etiquetas de miseria y marginación, la realidad más amarga se esconde en el barrio de al lado, en la familia con la que nos cruzamos por la calle, o detrás de la ventana que divisamos desde nuestra ventana. Pero tenemos tantas cosas en la cabeza, tantas preocupaciones que intentamos mirar lo mínimo, preferiblemente lo que nos incumbe, y frente a lo que no nos incumbe miramos hacia otro lado y nos autoconvencemos de que así todo seguirá bien y que nada podrá alterar nuestro mundo de porcelana.
Dicen que todo depende de los ojos con los que se miren las cosas. Pero en realidad los ojos siempre son los mismos, los nuestros. La diferencia esencial no radica en la identidad del observador, sino en la voluntad de ese observador. Su voluntad hará que dirija su mirada en una u otra dirección. Hay miles de realidades que se desarrollan a nuestro alrededor pero el observador es selectivo y él mismo silencia e ‘invisibiliza’ aquello que es más difícil de ver. Porque ello implica el derrumbamiento de muchos de los pilares que construyen nuestra bonita vida, porque ello pertenece a esa parte de realidad que nos resulta desagradable, porque nos hace ver un mundo mísero y gris que nos inquieta y cuestiona nuestra propia ética. Y aunque dirigir la mirada a lo infausto es un acto muy sencillo, pues ni siquiera se trata de actuar, sino simplemente de mirar, de ver, de comprender, ello implica más de lo que pudiera parecer, supone adquirir una mayor consciencia y responsabilidad sobre uno mismo y sobre el resto de realidad.
¿Hasta dónde está dispuesto uno a ver en esta vida?
No incito a la acción, al movimiento, a la iniciativa o a la implicación. Mi reflexión trata de algo más sutil y modesto. No se trata de ayudar o autosatisfacerse y lavar la propia conciencia, sólo se trata de ser cercano a lo miserable, de aproximarse, aunque sea a distancia, al sufrimiento y al drama. Simplemente mirar, pero mirar a los ojos y conocer la tragedia de los que están a nuestro lado. No hay en ello heroicidad, compasión, o lamentación, sólo responsabilidad humana. Mirar de frente lo real, lo que existe y permanece invisible… mirar de frente y aprender de ello.
"Y había algo hogareño en el desorden, en la despreocupación de la vida errante. Tal vez vivieron igual las tribus nómadas que vagaban de un sitio a otro en un peregrinaje sin destino... Al parecer, bajo la costra de suciedad que la memoria forma, los seres humanos conservan el recuerdo de la antigua vida nómada".
"la mujer justa", Sándor Márai
"la mujer justa", Sándor Márai
27 de enero de 2011
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