El amor inspira hablar de él con un gran silencio. Nada puede explicarse sobre él, nada debe comprenderse. Aquello que no aflora del mundo de las formas o las ideas, que responde a sensaciones momentáneas que aparecen y desaparecen, que se manifiesta, a través de una conexión invisible, como una sensación de sublime felicidad, ¿cómo habría de considerarse a través de las palabras o los pensamientos? El amor es invisible y silencioso, pero siempre presente. Tal vez, lo verdaderamente trascendente de él no sea entender y conocer su origen, su motivo o su intención. Tal vez ni siquiera importe el por qué de su existencia. Tal vez el amor sea sólo una capacidad que poseemos para experimentar fugazmente una profunda felicidad y unión con aquel o aquello que amamos. ¿Acaso entonces el único sentido del amor sea aprender a cultivar y elevar la capacidad de sentirlo?
Intuyo que el sentimiento del amor es mucho más extenso de lo que pensamos, intuyo que no se encuentra solamente en las personas que creemos amar, porque el amor no se 'encuentra', el amor simplemente está, permanece, existe, en todo aquello que nos rodea. Si experimentar el amor nos hace más felices, aumentar nuestra capacidad para sentirlo, permitiendo que se manifieste hacia cualquier persona, debiera ser nuestra máxima aspiración ¿Pero de qué manera podemos potenciar esa actitud receptiva?
Vivir sensibles con la realidad que nos rodea, próximos a las personas, considerándolas semejantes a nosotros y por tanto con un mismo sufrimiento y alegría, nos acerca a un amor incondicional y a una profunda empatía. Ese amor incondicional debiera ir más allá de los juicios, las evaluaciones y las exigencias, debiera no depender de los atributos o las acciones de las personas, un amor por lo que realmente es y no por lo que se desea que sea. Aceptar a las personas por lo que son, construir una relación con ellas permitiendo el espacio y la libertad, ¿no es acaso la máxima expresión de la generosidad?
Pero para acercarnos y entender la verdadera naturaleza de las personas, ¿no deberíamos entender primero la esencia misma del fluir de la vida? La vida se manifiesta ante nosotros a través de un constante movimiento y cambio. Y aunque tendemos a aferrarnos a vivir en estados fijos porque ello nos proporciona seguridad y la idea de continuidad, tal seguridad no existe, nada es permanente, todo es transformación, las formas, las personas, los sentimientos. Aceptar la inevitable y necesaria transformación de la vida es vivir en el presente y valorar cada instante como algo único e irrepetible. El amor que consiente e integra esta ley natural de la vida, se convierte en un amor valiente y constructivo, pues no le asusta su propia evolución.
Cultivar la capacidad de sentirse unido a las personas en esta vida de metamorfosis es también cultivar la capacidad de amarlas sin necesitarlas. Porque el amor que no posee o pertenece, que sólo ofrece y recibe, el amor sin apego, es un amor amplio y espaciado, que se completa con todo y a la vez no necesita nada.
Ampliar nuestra capacidad de amar es aumentar nuestra capacidad humana.
Las palabras de este texto, en realidad, no tienen ningún sentido, pues sobre el amor no puede escribirse, leerse o escucharse. El amor únicamente puede observarse desde el interior de uno mismo, y para ello cada uno sigue su camino, cada uno encuentra su inspiración... cada uno escucha su propio silencio.
"Y había algo hogareño en el desorden, en la despreocupación de la vida errante. Tal vez vivieron igual las tribus nómadas que vagaban de un sitio a otro en un peregrinaje sin destino... Al parecer, bajo la costra de suciedad que la memoria forma, los seres humanos conservan el recuerdo de la antigua vida nómada".
"la mujer justa", Sándor Márai
"la mujer justa", Sándor Márai
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Sales de otro silencio no amoroso, sino bloguero, con este texto. Quizá agradable de fin de semana, menos si lo lees entre semana ¿o al revés? yo me inclino por ambos.
ResponderEliminarUn beso (si aún...).